Entrevista a Fray Rafael Jiménez Morillo, antiguo alumno de Altair

"De Altair destaco el fuerte sentido de compañerismo que se creó entre los alumnos, secundando el que se dejaba sentir en el claustro de profesores o entre los trabajadores del centro"

El pasado día 24 de mayo de 2021, recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal, Fray Rafael Jiménez Morillo, O.P, antiguo alumno de Altair e hijo del profesor Nicasio Jiménez Roldán. Fray Rafael celebrará una Misa Solemne de Acción de Gracias este próximo jueves, día 10 de junio, a las 20:30 horas, en el oratorio de Altair.

Fray Rafael Jiménez Morillo (1990) nace en El Viso del Alcor, en el entorno de una familia cristiana ejemplar, ocupando el puesto del segundo entre cuatro hermanos varones. Fue  alumno de Altair desde 1996 a 2008, desde Infantil a Bachillerato.

¿Qué estudios realizó cuando terminó Altair?

Como siempre creí que lo mío era estudiar, pues me fui a la universidad. Entre algún que otro devaneo terminé estudiando Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Pablo de Olavide, graduándome solo en esta última a causa de las seductoras insinuaciones (en las que caí como el bobo del profeta Jeremías) de la que llegaría a ser por siempre el amor de mi vida, la Orden de Predicadores. Así pues, interrumpidos dolosamente mis estudios jurídicos me incorporé a la vida religiosa en las antípodas (literalmente) de lo que había sido mi pequeño mundo y mi primera patria. 

Cuando era estudiante de Altair, ¿pensó alguna vez que sería religioso?

Por supuesto que sí. ¿Cómo no iba a ser así? Lo raro es que yo sea la excepción. Con esa atmosfera de religiosidad, de Dios inundándolo todo como causa eficiente y final del trabajo cotidiano, con la alta dignidad, y no por ello menos sobria, con la que los “hombres de negro” desarrollaban su labor, con la sacralización del estudio como instrumento óptimo para alcanzar la perfección de la naturaleza humana… lo raro, repito, es que a poquísimos soñadores de los miles que hemos pasado por esas aulas no les haya parecido mejor forma de transcurrir su vida mortal pensando en la que de verdad nunca acaba. En fin, supongo que después de todo es verdad que se trata de un don de Dios y, como dice Santo Tomás, eso solo lo entiende, y lo disfruta, quien lo tiene. 

Fray Rafael Jiménez Morillo celebrará una Misa Solemne de Acción de Gracias este próximo jueves, día 10 de junio, a las 20:30 horas, en el oratorio de Altair.

¿Cómo fue su vocación y qué le llevó a ser fraile dominico? ¿En qué medida el colegio ha influido en su vocación?

Unido a lo ya dicho fue clave en mi vocación religiosa la figura de un tío-abuelo paterno, el P. Nicasio Jiménez, también dominico, que supo, quizá sin quererlo, centrar las aspiraciones fantasiosas de mi infancia hacia un “ideal”. Es en el testimonio de su vida donde pude encontrar la confirmación de que dedicarse de lleno al Señor supone el triunfo de una vida que, aunque no esté falta de sacrificio y sufrimiento, se ve colmada y satisfecha en el servicio y la entrega a la mayor de las causas posibles.

Todo este material espiritual, sin duda, fue objeto de mucha reflexión y motivo de acompañamiento para los preceptores y sacerdotes de Altair. Guardo un especial recuerdo de D. Javier Bel, quien fuera el primero en saber de mis inquietudes vocacionales, y de D. Jesús Súnico, a quien le debo mi iniciación en los textos de Santo Tomás de Aquino, que tanto me han servido después. Ambos fueron mis confesores y directores espirituales y, diciendo esto, creo que se comprende cuánto debo a mi colegio el fruto de mi vocación religiosa y sacerdotal.   

Fray Rafael Jiménez Morillo

Hizo el noviciado en Hong Kong y ha estudiado en varios países como Inglaterra e Italia, ¿Qué le ha llamado la atención de estos países? ¿Cómo se vive el catolicismo en Hong Kong?

Cuando me fui al Extremo Oriente, consciente de que la ruta ya había sido transitada por cientos de dominicos misioneros antes que yo, llevaba la esperanza de poder maravillarme con los tesoros de aquellas culturas tan dispares. Y, en efecto, así fue. Todo lo que baña el mar de China es una auténtica delicia para los sentidos y el confort del alma. No obstante, usando de los ojos de la Fe, pronto se descubre la necesidad de Cristo en aquellos lares. Por mucha belleza que halla encerrada en las milenarias tradiciones de aquellos pueblos, fácilmente se deja sentir su imperfección espiritual y su subyugación al reato de la culpa original. Es algo que quizá escape al turista, pero desde luego se hace sentir en la vida de quien lo ha dejado todo por Jesucristo. Por ello, aquella maravilla se torna fácilmente en deseo de la Gracia, por ver en su disposición natural la perfección que solo con ella se alcanza.

Luego viajé a la metrópolis (por que Hong Kong se resiste aún a dejar de ser británica) a estudiar filosofía en la célebre Oxford, no sin un gran esfuerzo, como se puede comprender. Mucho me acordé yo de D. José Manuel o D. Francisco recordándome lo importante de la lengua inglesa para el futuro… No obstante, en aquellas tierras frías pasé uno de los períodos más felices de mi vida. Un arrogante joven dominico adicto al estudio y a la petulancia intelectual (defecto común entre los hijos de Santo Domingo) en uno de los templos del saber más importantes del planeta, imagínense… Sin embargo, aún tuve tiempo de aprender algo del valor de la humildad con aquellos terribles exámenes de toga y birreta. Eso también lo tiene el catolicismo inglés, que enseña humildad a las naciones tradicionalmente romanas, naciones donde se ha olvidado el valor de lo sagrado y la lucha espiritual constante contra la secularización mortecina.

No se puede esperar de un fraile otra cosa que el hecho de que lo sea verdaderamente.

Finalmente, en Roma tomé conciencia de la universalidad de la Iglesia y, siguiendo con el estudio de la teología, pude profundizar un poco más en el misterio que la envuelve. En las mismas, ser habitante de Roma no es lo mismo que ser turista. Cualquier sacerdote o seminarista o religioso o laico que haya pasado por la universidad pontificia en Roma sabe perfectamente que no es lo mismo. Y, aunque efectivamente la secularización se hace sentir en Italia del mismo modo que en España, Roma sigue siendo lo que es, eterna.   

¿Qué perfil debe tener un fraile y sacerdote en el siglo XXI? ¿Qué espera la sociedad de los frailes?

El perfil del fraile, dominico en mi caso, no es otro que el de la persona que sabe que con su trabajo construye el Reino de Dios. Así lo ha querido el Señor. En la medida en que sea la labor de la Orden, en este caso la predicación y el estudio de la Verdad en la labor académica, el objetivo y opción fundamental de los esfuerzos de sus miembros, en esa medida podrá hacerse evidente el auxilio de la gracia que santifica y perfecciona, a él mismo y al mundo dado a su cuidado. Por eso no se puede esperar de un fraile otra cosa que el hecho de que lo sea verdaderamente.

¿Qué recuerdos tiene de Altair?  ¿Podría contar alguna anécdota de su paso por el colegio?

De Altair destaco el fuerte sentido de compañerismo que se creó entre los alumnos, secundando el que se dejaba sentir en el claustro de profesores o entre los trabajadores del centro. Siempre me ha resultado esto un ejemplo a seguir, toda vez que me enfrento a una vida marcada por las condiciones de la actuación comunitaria. Aunque llevo tiempo separado de ellos y apenas se de sus vericuetos y andaduras por el mundo, se que, si alguna vez tuviera que volver a encontrarme con cualquiera de ellos, prevalecería esa camaradería fruto, sin duda, del honor de haber sido alumno de Altair.

Como anécdota podría contar la de aquella vez en que conseguí que la clase entera aprobara, y con nota, un examen de matemáticas. Fue allá por las postrimerías de la Primaria. Habiéndose olvidado D. José Miguel González de hacer las copias del examen “sorpresa”, con el que tenía pensado hundirnos la moral, durante la clase del día anterior al evento, me confió, supongo que por mi buena conducta y reputación, la custodia del examen-modelo para llevarla a la sala de profesores y pedirle a quien estuviere que hiciese las copias. Haciendo uso de cierta picardía, me entretuve en ojear el enigmático legajo y, en el espacio que media entre aquella aula 6 y la sala de profesores del bajo, y esto lo puedo jurar, fui capaz de memorizar la mayoría de las preguntas. Es increíble lo que hace la necesidad. Al día siguiente, previa advertencia a mis camaradas, todo el mundo hizo el papel de su vida fingiendo sorpresa y horror frente al examen “sorpresa”. Desde luego la sorpresa se la llevó el docente al ver los buenos resultados. Si D. José Miguel esta leyendo esto, espero que lo considere como delito prescrito…

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