En apenas dos o tres años, la inteligencia artificial se ha incorporado con gran rapidez a la vida académica de los estudiantes. Herramientas capaces de redactar textos, resumir contenidos o resolver ejercicios en pocos segundos están cambiando la forma de estudiar y plantean, al mismo tiempo, nuevos retos para la educación.
Según explica José Carmona, que ha sido hasta el curso pasado orientador educativo del colegio, uno de los cambios más visibles es la facilidad con la que los alumnos acceden a la información. “Encuentran rápidamente los contenidos y las ideas”, señala. Sin embargo, este acceso inmediato no siempre se traduce en un aprendizaje profundo. En muchos casos, los estudiantes disponen de datos y respuestas, pero tienen más dificultades para asimilar los conceptos y expresarlos con claridad cuando deben desarrollarlos por sí mismos.
El uso de estas herramientas también varía según la etapa educativa. En Bachillerato, donde los temarios son más amplios y el trabajo con textos es más intenso, los alumnos tienden a recurrir con mayor frecuencia a la inteligencia artificial que en Secundaria. No obstante, se trata de un fenómeno cada vez más extendido, debido a la facilidad de uso y la rapidez de las respuestas.
Entre la ayuda y la dependencia
Uno de los riesgos más evidentes es que la rapidez de la inteligencia artificial puede generar una falsa sensación de autonomía. Muchos alumnos creen que trabajan de forma más eficiente cuando, en realidad, simplemente reducen el tiempo de esfuerzo personal.
“La herramienta es fácil de emplear y la autonomía puede confundirse con trabajar menos tiempo”, advierte Carmona. Este fenómeno puede afectar a los hábitos de estudio tradicionales. La inteligencia artificial tiende a desplazar rutinas como la planificación, el orden o la constancia diaria. Sin embargo, bien utilizada, también puede convertirse en un recurso educativo valioso. El verdadero beneficio aparece cuando el alumno transforma la información en aprendizaje, organizando ideas, elaborando esquemas o construyendo mapas conceptuales que le ayuden a comprender los contenidos.
El papel insustituible del profesorado
Más allá de los métodos de estudio, existe otro desafío pedagógico: evitar que la enseñanza se convierta en una relación directa entre el alumno y una máquina, debilitando el vínculo con el profesorado.
La educación no consiste únicamente en acumular información. Requiere diálogo, orientación y un conocimiento personal del estudiante. “No es suficiente tener datos; esos datos deben ser comprendidos, expresados y utilizados de forma clara y coherente”, explica Carmona.
En este contexto, herramientas clásicas como el subrayado, los esquemas o los mapas conceptuales adquieren más importancia que nunca, ya que ayudan a organizar el pensamiento y a convertir la información en conocimiento.
La llegada de la inteligencia artificial también obliga a reforzar determinadas habilidades. El pensamiento crítico, la capacidad de síntesis, el análisis o la formulación de preguntas resultan fundamentales para que los estudiantes no deleguen su propio pensamiento en una herramienta tecnológica.
Asimismo, cobran especial relevancia las pruebas orales y las exposiciones personales, que obligan al alumno a explicar con sus propias palabras lo que ha aprendido y fomentan la reflexión y el diálogo con el profesorado.
El papel de las familias
Las familias también desempeñan un papel clave en este proceso. Entre las recomendaciones principales destacan establecer horarios de estudio, controlar los tiempos de uso de dispositivos digitales y fomentar hábitos como la lectura y la escritura en papel.
Además, se anima a los padres a informarse sobre estas herramientas y a participar en sesiones formativas que ayuden a comprender su impacto educativo.
Ante este nuevo escenario surge una pregunta inevitable: ¿debe prohibirse la inteligencia artificial en el aula?
Para José Carmona, la respuesta depende en gran medida de la edad del alumnado. No es lo mismo el uso de estas herramientas en Secundaria o Bachillerato que en la universidad. En cualquier caso, la clave no está en ignorarlas, sino en aprender a utilizarlas de manera responsable.
La inteligencia artificial puede ser un apoyo útil en el aprendizaje, pero nunca debería sustituir el proceso de pensar, comprender y expresar. Al fin y al cabo, estudiar sigue siendo, ante todo, un ejercicio personal de reflexión y esfuerzo.
