Carlos Alonso: más de cuatro décadas dedicadas a la educación en Altair

Tras más de 43 años de dedicación a la enseñanza en el Altair, Carlos Alonso se despide de las aulas dejando una profunda huella en generaciones de alumnos, familias y compañeros. Maestro cercano, exigente y profundamente vocacional, ha vivido desde dentro la evolución del colegio prácticamente desde sus inicios, siendo testigo del crecimiento de Altair y de los cambios en la educación a lo largo de más de cuatro décadas.

En esta entrevista, repasa sus recuerdos más especiales, reflexiona sobre la enseñanza de ayer y de hoy y comparte qué hace diferente a Altair y qué permanece intacto con el paso del tiempo.

¿Cuánto tiempo has estado vinculado a Altair?

Como profesor he estado 43 años, aunque antes también fui preceptor. Empecé prácticamente con 18 años y estuve unos cuatro años como preceptor, con algún intervalo. Después ya pasé a ser profesor, así que, en total, toda una vida ligada a Altair.

¿Cómo era el colegio cuando llegaste y qué fue lo que más te llamó la atención en aquellos primeros años?

El edificio central no existía todavía, tampoco los vestuarios ni muchos de los módulos actuales. Todo esto era prácticamente una explanada de albero, que cuando llovía se ponía tremenda.

Pero enseguida empezó a crecer todo: se construyó el edificio central y el colegio fue evolucionando muy rápido.

Lo que más me llamó la atención desde el primer día, y durante todo el tiempo que he estado aquí, fue la relación entre profesores y alumnos. Había una relación muy cercana y cordial, pero al mismo tiempo existía respeto. Ese equilibrio me impresionó muchísimo.

Carlos Alonso del Real, profesor de Primaria en Altair
Carlos Alonso en los jardines de Altair

Después de más de 40 años en la enseñanza, ¿qué cambios destacarías en los alumnos y en la forma de enseñar?

Cuando llegué, las clases eran enormes. En FP llegué a tener grupos de 50 alumnos y aquello funcionaba bastante bien. También en EGB había clases de más de 40 alumnos y se trabajaba bien porque existía un respeto hacia la figura del profesor y hacia el trabajo en general, algo muy respaldado también por las familias.

Eso ha cambiado muchísimo. Hoy en día la autoridad ya no surge de forma natural y parece que hay que conquistarla constantemente.

En cuanto a la enseñanza, antes era más memorística, algo que, sinceramente, creo que también tenía cosas buenas. La memoria es una capacidad de los niños y hay que trabajarla. Ahora todo es mucho más audiovisual y muchas veces los alumnos reaccionan muy rápido a lo que ven, pero les cuesta más detenerse a pensar. Hay que buscar continuamente maneras de hacerles usar la cabeza, porque si no, no vamos a ningún lado.

¿Hay algún recuerdo especial que guardes con especial cariño?

Hay muchísimos recuerdos. Uno muy importante fue cuando falleció mi padre. Yo acababa prácticamente de empezar a trabajar y recuerdo perfectamente el trato que recibí por parte del entonces director, Juan Carlos. La manera de acompañarme y de hacer las cosas me impresionó muchísimo. Lo viví como una auténtica familia.

Y luego están los recuerdos con alumnos y familias. A veces me encuentro antiguos alumnos o padres por la calle o en el supermercado y es muy bonito. Algunos tienen ya más de cuarenta años y siguen acercándose a saludarte con muchísimo cariño.

Carlos Alonso del Real, profesor de Primaria en Altair
Carlos Alonso del Real, conversa con alumnos de Primaria de Altair

¿Qué crees que hace diferente a Altair?

Precisamente eso: la forma de tratar a las personas.

Aquí existe respeto, pero también mucha confianza. Ese equilibrio es muy difícil de conseguir, pero en Altair se vive de forma natural. Los alumnos te respetan y, al mismo tiempo, son capaces de confiar en ti y contarte cosas muy personales.

¿Qué papel han tenido las familias en la educación de los alumnos durante todos estos años?

Un papel fundamental. Altair siempre ha defendido que los primeros educadores son los padres, y eso es totalmente cierto.

Cuando existe formación y apoyo en las familias, el colegio puede hacer muy bien su trabajo. Cuando eso falla, aparecen muchos de los problemas que vemos hoy en día con más frecuencia.

Ahora que te has jubilado, ¿qué es lo que más echas de menos?

El trato diario con la gente. En el colegio estás rodeado constantemente de alumnos, padres y compañeros. De repente, todo eso desaparece y el cambio es muy grande a nivel social.

Como profesor de Primaria, has vivido toda la evolución de la lectura y la comprensión lectora. ¿Cómo ves ese cambio?

El cambio ha sido enorme. Cuando yo empecé, controlábamos incluso la velocidad lectora de los alumnos y teníamos unos objetivos concretos para cada curso.

Hoy en día hay alumnos que terminan primero de Primaria sin leer bien. Y lees con algunos alumnos mayores y te das cuenta de cuánto ha cambiado todo.

¿Eres más partidario del papel o de lo digital en la enseñanza?

Creo que, al menos durante las etapas de formación, el papel es fundamental. Antes los alumnos podían subrayar, hacer anotaciones, trabajar directamente sobre el libro… y eso también era pensar y procesar la información.

Con algunos cambios, como la gratuidad de los libros, se perdió parte de eso.

¿Qué consejo darías a los profesores jóvenes que empiezan ahora?

Mantener esa buena relación entre profesores, alumnos y familias. Eso es lo fundamental. Lo demás puede aprenderse o mejorarse.

También creo que es importante cuidar mucho la formación de base y los conocimientos. Saber idiomas está muy bien, pero hay que seguir fortaleciendo materias como Lengua o Matemáticas, porque eso ayuda después a expresarse mejor y a pensar mejor.

Después de tantos años, ¿qué crees que se lleva un alumno de Altair al terminar su etapa escolar?

Se lleva una formación humana muy importante y también una formación espiritual muy profunda.

A veces, con el paso del tiempo y el ambiente, parece que algunas cosas se diluyen, pero esa semilla queda ahí. Lo he visto muchas veces en antiguos alumnos.

Recuerdo especialmente a uno que, años después, me decía que recordaba perfectamente la alegría que sentía cuando vivía su fe con naturalidad aquí en el colegio. Eso permanece.

Y también permanece la formación humana. Mucha gente reconoce enseguida a un alumno que ha pasado por Altair por su forma de ser, de tratar a los demás y

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