El timbre suena y los distintos espacios del recreo de Altair se llenan de alumnos. Más allá de los balones y las carreras habituales, este trimestre un sonido particular ha vuelto a conquistar el aire libre: el vibrante zumbido de las peonzas y los trompos. En los corrillos que se forman sobre el asfalto y la tierra, los verdaderos protagonistas no son los libros, sino la habilidad, la paciencia y el compañerismo de los alumnos.
Lo que comenzó como la curiosidad de unos pocos se ha convertido en un fenómeno que une a diferentes cursos. Es habitual ver a los más mayores enseñando a los pequeños el arte de enrollar la cuerda o el preciso gesto de muñeca necesario para que el trompo baile en la palma de la mano.
Estos juegos, que parecen rescatados de la infancia de sus abuelos, están demostrando que la educación se imparte también fuera del aula. Cada alumno encuentra su propio ritmo: unos perfeccionan el puente, otros compiten por ver quién consigue que su trompo gire durante más tiempo, y todos aprenden que, a veces, para que algo salga bien, hay que intentarlo diez veces antes.
El recreo es mucho más que un descanso; es el espacio donde los alumnos construyen su identidad social. Al compartir estos juegos tradicionales, los chicos están trabajando —casi sin darse cuenta— aspectos fundamentales como:
-Coordinación y paciencia, ya que dominar la peonza requiere una destreza manual que no se consigue frente a una pantalla.
-Socialización, con la atención puesta en el compañero, en el truco compartido y en la risa tras un lanzamiento fallido.
-Resolución de retos, aprendiendo a organizar su propio juego y a aceptar de forma autónoma las reglas del grupo.
En Altair entendemos que cada niño es único, y ver cómo aprovechan su tiempo libre con tanta creatividad nos recuerda que el recreo es, también, un aula. Mientras las peonzas sigan girando, la magia del juego compartido seguirá alentando los recreos del colegio.


