Entrevista con Abel Andrade Ortiz (promoción de COU de 1984), Fiscal Provincial de Barcelona desde 1993

"Nunca olvidaré la humanidad de Altair"

Reproducimos a continuación la entrevista realizada a D. Abel Andrade el pasado mes de febrero, y que ha sido publicada en el último número de la revista Altair Magazine (nº 49).

Tras varios años después de su marcha, ¿qué recuerdos tiene de Altair?

El buen trato de los profesores y la calidez del ambiente. Con el tiem­po, se me hace más nítido el contraste entre los fríos mu­ros del Colegio Nacional de donde venía y la humanidad de las pa­redes de Altair. Incluso el gélido edificio de EGB, abierto a las he­ladas nocturnas, era acogedor.

El recogimiento del Oratorio también es digno de mención. Era un locus amoenus que me daba mucha paz. El bullicio del recreo quedaba amortiguado, llegaba como un rumor lejano que te acunaba. Ante cualquier contrariedad me refugiaba allí. No muy lejos encontrabas al bueno de D. Andrés, que con su bondad te transmitía una paz a prueba de bombas.

Y la pequeña oficina de Luis Calvente: un oasis de buen humor. Siempre sonriente, era la encarnación misma del espíritu del Colegio. Me sentía acogido a su lado.

¿Cuáles fueron las principales aportaciones intelectuales y humanas que se llevó de este Colegio?

El esfuerzo por adquirir conocimiento: no rendirse nunca ante las cuestiones más abstrusas es clave en la construcción del pen­samiento. Con tenacidad se avanza; el miedo o la molicie son sinónimos de mediocridad.

La responsabilidad para llegar a la verdad de las cosas y la honestidad, que te obliga a ser consecuente con ella. Me quedó cla­ro que la verdad es incómoda porque hace tambalear tus pequeñas certezas y te obliga a emprender un camino no siempre pla­centero.

La curiosidad ante el mundo, que te abre la mente a campos insospechados. Es enriquecedor adentrarse en disciplinas ajenas a la tuya. Siempre me llamó la atención que Balzac o Víctor Hugo es­cribieran extensas digresiones sobre la fabricación de papel o la liturgia jurídica de un juicio, metidas en el relato como con cal­zador. Pero lo sorprendente es que daban tono a la trama, con­ferían a los personajes su auténtica dimensión, definían su cir­cunstancia, al tiempo que enriquecían el texto con esas aportaciones tan detalladas. En la vida profesional ocurre lo mismo: el conocimiento del mundo ayuda a comprender los problemas a que te has de enfrentar.

Esa tarea intelectual se sustenta, lógicamente, en un cúmulo de vir­tudes humanas. Entran en juego la diligencia frente a esa comodidad natural que nos lleva a no querer salir de nuestra zona de confort; la probidad que debes imprimir a tus actos te obliga a remangarte para conocerlos a fondo; es fundamental ser leal con los compañeros, no solo porque debes valorar cuanto hacen si­no también porque su trabajo es imprescindible para que el tu­yo sea eficaz, y has de confiar en lo que hacen.

Y sobre todo, humildad, porque cuando más altas cotas profesionales alcances mayor es el peligro del engreimiento. La voca­ción de servicio a los demás, esencial en aquellas profesiones que tienen por objeto resolver problemas ajenos, como es el ca­so de la mía, es un buen regulador del ego: solo si mejoras las con­diciones de vida de quienes acuden a ti, puedes darte por sa­tisfecho. Aportar luz en los conflictos humanos es tarea difícil, por­que la solución no se alcanza aplicando fórmulas o consultando los big data, de modo que arreglar lo imposible es un reto en cualquier caso. Después de casi treinta años de profesión, me enfrento a mis miedos a cada conflicto que se me presenta, pues cada uno requiere de empatía con las personas afectadas, in­tuición para descubrir las inquietudes que alientan detrás de ca­da una y ciertas dosis de imaginación para ver el futuro que se abre ante la solución que propones. El engreimiento es de es­túpidos. Yo lo he sido, y mucho; espero haber aprendido de los propios errores.

¿Qué profesores le marcaron más en su andadura?

Aurelio Gutiérrez. El mundo clásico nos hace ver que el hombre siem­pre ha sido el mismo barro cocido, frágil y quebradizo, pero as­pira a cosas grandes; que la belleza no cambia de calle por mu­cho que se la revista de ropajes toscos y que la tecnificación nos puede deshumanizar. Esto lo transmitía con pasión. Además me inculcó la obsesión por mejorar -su vida no había sido fácil-, la pasión de leer y el disfrute de las cosas más prosaicas, como de­gustar un buen vino, tumbarte en la hierba fresca de un prado o emocionarte con una copla popular. Y también el orgullo de ser de pueblo. No olvidaré sus camisetas con la leyenda «Isla Cris­tina qué hermosa eres».

Luis Augusto. Su elegancia y vasta cultura han sido un referente pa­ra mí.

Fidel Villegas me inoculó el veneno de la poesía. Me dio la clave con esta respuesta a una angustiosa pregunta mía: la poesía no hay que entenderla, hay que sentirla. Hasta hoy vivo sin antído­to.

Mariano Hernández. Gracias a él descubrí hasta dónde puede lle­var una mala idea. No todo pensamiento o corpus doctrinal es co­rrecto solo por el hecho de que provenga de un personaje histó­rico o determinada escuela. Frankfurt dejó de ser para mí al­go más que una ciudad; y Marcuse se convirtió en un paisano que decantó su pensamiento con materia defectuosa. Debemos rastrear el origen de las ideas en boga para confirmar que son letales o beneficiosas para el hombre. Y en esta operación, Mariano empleaba el bisturí de su inteligencia con verdadera maestría.

Pedro Morales, el gran maestro que impartió música durante un año solo. Con su pasión -grande como su humildad- imprimió a es­ta asignatura, considerada maría, una trascendencia decisiva pa­ra mí. Él nos habló por primera vez de algo ininteligible entonces para nuestras juveniles cabezas, los derechos de autor: ha­bían utilizado en una película la marcha Esperanza Macarena sin su permiso y eso era aprovecharse del trabajo ajeno. El respeto a la persona y a su libertad, como base de la educación del Colegio, se plasmaba una vez más; en este caso, en una materia apa­rentemente ajena a las cuestiones decisivas.

Abel Andrade Ortiz (promoción de COU de 1984)
Abel Andrade Ortiz (promoción de COU de 1984)

¿Qué le motivó a marcharse fuera de Sevilla para desarrollar su profesión?

En realidad llegué a Barcelona obligado por las circunstancias. Al aprobar la oposición concursé a la primera plaza de capital de pro­vincia a la que podía optar. Una gran ciudad con un trabajo com­plejo para el fiscal es siempre un aliciente cuando tienes vein­titantos años. La magnitud de los conflictos jurídicos que se producen aquí son equiparables a los de Madrid y, para mi ca­rrera, la capital es la meta si aspiras a ocupar los altos puestos de la institución.

Siempre pensé en aprender aquí, madurar como profesional y con el tiempo volver a Sevilla, que es para mí la ciudad hecha a la medida del hombre. Pero me arraigué y ahora no es fácil tras­ladar a la familia.

En cuanto a sus compañeros de promoción, ¿sigue en contacto con alguno?

Cuando se cumplieron treinta años de la salida del Colegio, un com­pañero logró reunir a la mayoría de la promoción del 79-84. Fue algo maravilloso. Desde entonces mantenemos activos dos gru­pos de WhatsApp y los encuentros a pequeña escala se suceden gracias a ellos. No es mucho, pero así es la vida.

Cuéntenos alguna anécdota curiosa de sus años de estudio en el Colegio.

Si por curioso entendemos aquello que llama la atención o despierta interés por su originalidad, me vienen a la memoria las tra­ducciones de latín con fondo de chirigotas de Cádiz. Para crear un ambiente amable mientras traducíamos Virgilio o Julio Cé­sar, Aurelio ponía música a media voz, ¡éramos la envidia del co­legio! Nos animaba a traer nuestra propia música (yo llevaba ca­ssettes de Vivaldi, Mozart o Bach). Como buen isleño, era un aman­te del Carnaval y nos ponía sus cintas de las agrupaciones de Cádiz. Desde entonces no me pierdo por televisión el concurso del Falla.

¿Qué le diría a un alumno de Altair que no tiene claro a qué dedicarse en el futuro?

Es difícil aconsejar porque ni yo mismo tenía claro qué estudiar al concluir el COU. Además, mis padres no tenían estudios uni­ver­sitarios y no podían aconsejarme. Cierto que el tipo de Ba­chi­llerato elegido condiciona el acceso a la Universidad, pero creo que lo más importante es conocerse a sí mismo. Ahí está la dificultad, desde luego. Saber qué habilidades tienes, en qué cam­po puedes sacar lo mejor de ti mismo, dónde dar tu mejor ver­sión que se dice ahora, esto es lo que debes preguntarte. Porque, además, la vida te va llevando por caminos insospechados y nun­ca sabes dónde terminarás.

En mi caso, un fiscal fue a Altair a dar una charla y me aconsejó que estudiara Derecho -tenía muchas salidas profesionales, me dijo-; y en la Universidad, uno de los profesores de último curso me animó a opositar a la carrera judicial. Pero ni sabía lo que era el Derecho ni menos a qué se dedicaba un fiscal, más allá de lo que ves en las películas. Con la práctica profesional compruebas que todo lo estudiado tiene su aplicación, que puedes ser útil a la gente. Y eso es muy gratificante.

Yo buscaría el consejo de las personas que te conocen: padres, pro­fesores o el tutor. En mi caso funcionó.

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