La Feria va por dentro

“De la Feria de Sevilla
Hoy os quiero hablar
Para que todos sepáis
Lo que me gusta de verdad.
Cuando entro en el recinto
Y las flamencas veo bailar
Una alegría en mi garganta
No me deja parar de cantar.
Al trote de los caballos
Y sus cascabeles sonando van
Una  gitana a la grupa
A mí me gusta llevar.
En la calle del infierno
Para qué os voy a contar
Si el martillo y el ala-delta
Me dejan sin respirar.
De los coches locos
Al ratón vacilón
Y a la caseta me voy
A tomarme un refrescón.
Cuando cae la tarde
A los buñuelos nos vamos
Para ver bailar
Por bulería a los gitanos.
Y si queréis que os cuente más
Veniros a la calle Joselito “El Gallo”
Que yo os voy a invitar”.

Esta poesía la hizo un niño de 6º de Primaria hace un par de años. Hoy han cambiado las circunstancias, pero la alegría de este niño de entonces no debe desaparecer de nuestra vida porque no haya feria este año. Nuestra alegría no se limita a estar en una caseta, que por otra parte muchos hemos tenido en nuestras propias casas esta vez. Nuestra alegría la llevamos a todas partes porque somos hijos de Dios, que nos quiere siempre y que nos espera ahora en la Confesión y en la Comunión, ¿tienes la misma ganas que Él de volver a encontrarte con Jesús en esos dos sacramentos?

Se cuenta de un irlandés que murió ya siendo muy mayor y se encontró en el juicio con Jesús. Estaba muy preocupado, porque el balance de su vida era más bien poca cosa. Como estaba en una cola, se puso a observar y a escuchar. Tras haber consultado el gran fichero, Jesús le dice al primero: «Veo que tuve hambre y me diste de comer. ¡Muy bien, entra en el paraíso!». Al otro: «Tuve sed y me diste de beber». A un tercero: «Estuve preso y me visitaste». Y así sucesivamente.

Por cada uno que era destinado al paraíso, el irlandés hacía examen y veía con miedo que no había hecho casi nada por ayudar a los demás: ni había dado de comer a los pobres, ni de beber, ni había visitado a presos ni a los enfermos… Llegó su turno y temblaba viendo a Jesús repasar el fichero. Pero, para su sorpresa, Jesús levanta la cabeza y le dice: «No hay mucho escrito. Sin embargo, también tú hiciste algo: estaba triste y desanimado y tú viniste y contaste unos cuantos chistes que me hicieron reír y me devolvieron el ánimo. ¡Al paraíso!».

Alegrar la vida de los que nos rodean es una de las mejores cosas que podemos hacer. Y muchas veces cuesta. Supone olvidarse de uno mismo y de «mis cosas» para pensar en la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros de clase.

Con frecuencia una sonrisa es el mejor sacrificio que se puede ofrecer a Dios. Alguien dijo que la caridad consiste en ver a Dios en los demás y sonreírle. Quizás sea mejor aún ver a Dios en los demás y hacerle sonreír. Que procures estar alegre siempre y esta semana de Feria recordamos lo que Dios nos quiere, y disfruta con que estemos con Él, como nos dice el evangelio del Buen Pastor del domingo.

D. Rafael Mosteyrín

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