El Santo Padre León XIV nos ha mandado a todos los cristianos un hermoso mensaje para vivir la Cuaresma como tiempo de conversión. Para facilitar su lectura y meditación hemos hecho un resumen, que ponemos a continuación:
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner
de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su
impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la
acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la
Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que
ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para
escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, donde se cumple el
misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención sobre la importancia de dar espacio a la Palabra
a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se
manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un
rasgo distintivo de su ser. La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una
historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés.
Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que
hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para
una escucha más verdadera de la realidad.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas
Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la
injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de
receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, interpela
constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos,
y especialmente a la Iglesia.
Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que
dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento es un ejercicio
ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Sirve, por tanto, para
discernir y ordenar los “apetitos”, educarla para que se convierta en oración y
responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y
la realización futura. El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo
disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo
que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de
enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer
arraigado en la comunión con el Señor. En cuanto signo visible de nuestro compromiso
interior, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos
adquirir un estilo de vida más sobrio.
Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta, es decir, la de
abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a
desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, a las calumnias.
Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad.
Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la
Palabra y de la práctica del ayuno. La Escritura subraya este aspecto, cuando narra en el
libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de
la Ley, con el fin de renovar la alianza con Dios.
Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades
religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la
escucha de la Palabra de Dios, se convierta en forma de vida común, y el ayuno
sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la
conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del
diálogo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de
justicia y reconciliación.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento
nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance
también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio
para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se
conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha
genere caminos de liberación, para contribuir a edificar la civilización del amor.
LEÓN XIV PP.

